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¿Qué hacer cuando los turistas son una amenaza para el turismo, la naturaleza y la cultura?

Proteger y regenerar la naturaleza y la cultura no es frenar el turismo, es garantizar su futuro

Puede que suene extraño que los potenciales beneficiarios y clientes de una actividad económica como el turismo puedan convertirse en uno de sus peores enemigos. Sin embargo, lo cierto es que ocurre y cada vez con más frecuencia.

Es una realidad que, a juzgar por los hechos y acontecimientos publicados en distintos medios, este fenómeno ha crecido considerablemente tras la pandemia de la COVID-19. En mi opinión, una de las causas fue la mala gestión que se hizo durante ese periodo. Aunque también hay que admitir que el mal comportamiento se da en personas que ya lo tienen en origen, pero que al viajar se desinhiben con mayor facilidad y, en consecuencia, también sus acciones negativas.

Este tipo de turismo, con un perfil prácticamente opuesto al del llamado turista 8.0, está generando daños que perjudican al destino, a la comunidad local y, por supuesto, al resto de turistas, especialmente a aquellos de mayor calidad y gasto.

Un ejemplo reciente lo encontramos en la ciudad japonesa de Fujiyoshida, cerca del monte Fuji, donde desde hace unos diez años se organiza un festival de hanami —observación de los cerezos en flor (sakura)— en el parque Arakurayama Sengen. Dicho festival ha tenido que suspenderse debido al mal comportamiento de numerosos visitantes.

Este problema no es nuevo. Basta recordar fenómenos como el turismo de borrachera, el incivismo o la falta de respeto por el patrimonio cultural, social y natural, así como el desprecio hacia la comunidad local, como ocurre en determinados lugares de Barcelona, Valencia, Baleares, Bali o Maya Bay, entre otros.

Este fenómeno también lleva años produciéndose en áreas naturales protegidas y entornos rurales, donde excursionistas con muy poca sensibilidad ambiental parecen concebir la naturaleza como un zoológico, a los animales como mascotas sin valor y a la flora como una simple floristería.

Al igual que en los entornos urbanos, la masificación de los espacios más demandados suele coincidir con aquellos más publicitados —influencers, redes sociales, medios de comunicación—, generando una elevada concentración en tiempo y espacio. Esto provoca impactos negativos de gran intensidad sobre el medio natural y social que, en algunos casos, son irreversibles.

Por otra parte, sabemos que la demanda es capaz de transformar la oferta para responder a sus expectativas. En destinos maduros y convencionales, esta transformación no siempre resulta preocupante; sin embargo, en ciudades pequeñas y pueblos puede conducir a una peligrosa desnaturalización. En estos casos, lo rural y lo natural dejan de encajar en la idea de “pueblo” o “naturaleza” que tiene cierta demanda. ¿Se entiende?

Un ejemplo cotidiano lo vemos en muchos alojamientos, donde se priorizan elementos tecnológicos como wifi, plataformas de películas o videojuegos, grandes pantallas de televisión, equipamientos tecnológicos, jacuzzis, saunas o piscinas interiores, frente a propuestas como huertos orgánicos, animales de granja, acceso directo a la naturaleza o el contacto con la población local.

Parte de esta demanda incluso exige cambios sociales, como eliminar las campanadas de las iglesias, el cacareo de las gallinas, el canto del gallo, las ocas, los olores de las vacas y un largo etcétera.

Evidentemente, una política y estrategia turística basada en medir el éxito únicamente por el número de turistas conlleva estas consecuencias. A medio plazo, estos efectos dejarán de ser colaterales para convertirse en un grave problema reputacional del destino y de su oferta turística, con la consiguiente pérdida de negocios y empleo local.

Entonces, ¿qué se puede hacer cuando los turistas —no todos, afortunadamente— se convierten en una amenaza para el turismo, el medio natural y la población? La respuesta no es sencilla ni única, y requeriría varios artículos. No obstante, quiero aportar algunas pinceladas, muchas de ellas no nuevas, pues las he mencionado en otras ocasiones:

Cambiar la política y la estrategia turística a nivel nacional, regional y local, dejando de priorizar únicamente las cifras.

Apostar por una gestión lo más sostenible posible y orientada a la regeneración, buscando crear impactos positivos.

Sensibilizar a los comunicadores para que comprendan su impacto ambiental y social, y lo transformen en un impacto positivo.

Regular los destinos naturales y culturales a través del diseño turístico —tanto físico como emocional— para responder adecuadamente a los distintos segmentos de demanda.

Empoderar a la comunidad local para que valore y haga respetar sus propios valores, protegiendo su patrimonio.

Valorar y premiar a aquellos destinos comprometidos con la naturaleza y la comunidad.

Formar, sensibilizar y capacitar a la oferta turística, tanto pública como privada, para prevenir y evitar el deterioro del territorio.

Y no, no incluyo las tasas ni ecotasas turísticas —que en realidad son impuestos—, ya que no solucionan ninguno de estos problemas, aunque sí puedan ser una herramienta financiera directa.

Como este es solo un artículo, no quiero alargarme más. El objetivo es comprender la situación actual y prevenir una tendencia clara sobre la que todavía estamos a tiempo de actuar.

 

Arturo Crosby

Editor

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