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Experiencias salvajes comestibles para los guías de naturaleza (Parte II)

Herramientas naturales para los guías de naturaleza

Viajes a la Naturaleza

Cómo aprender de la flora silvestre más cercana que suele pasar desapercibida para los turistas que viajan a la naturaleza

 

En el anterior artículo, nos encontrábamos plácidamente al lado de un arroyo, serenando la mente, el espíritu, y sobre todo, el estómago, después de una larga y tórrida caminata. Aprendimos muchas ideas nuevas sobre las plantas salvajes comestibles (y no comestibles), que podremos aplicar con nuestros clientes en próximas salidas.
Pues bien, les contaré un secreto: no acabó mi paseo ahí. El bosque de galería me estaba dando pistas muy interesantes. Y ahora van a venir conmigo de nuevo para verlas. Vamos a dejar de intelectualizar ese concepto de Naturaleza, y vamos a recuperar nuestras excepcionales capacidades de conexión con el medio. Respiren hondo y lento por la nariz, estiren la espalda, levanten la vista, síganme otra vez… y disfruten.
Y es que me dejé unos pocos tesoros en el tintero, preparaditos para octubre y la entrada más explícita del otoño. Aunque cada vez se nos retrasa más, tarde o temprano, el otoño llega. Por cierto: ¿tiene usted el pelo largo? ¿Ha notado su pelo que ya venía el otoño, aun antes de refrescar? Claro que sí; el período de luz relativo al período de noche (el fotoperíodo) nos dice la época del año aunque no nos demos cuenta. También se lo dice a las plantas y los animales.
Si desea ser más consciente de estos cambios de temporada, quizá debería evitar activamente la contaminación lumínica nocturna.
Pero volvamos a esas pistas. Los bosques de galería incluyen una gran cantidad de especies interesantes. Ya vimos algunas, pero es posible que los más avispados notasen que no mencioné una bastante habitual: los espinos. Ya estamos de nuevo hablando de espinas.
Primero las zarzas, luego los rosales, y ahora, esto. Pues sí. Será que tienen cosas valiosas que defender de los herbívoros… aunque no las defienden demasiado, pues éstos han de depositar las semillas con sus heces a kilómetros de distancia. Así funciona esto. Siempre es un baile; una coreografía perfecta. Las partes juegan su juego y se complementan, aunque el ojo urbano pueda percibir que este juego de Natura es a veces cruel.
Pues el juego ya está en marcha. Mientras estábamos mirando las zarzamoras el mes pasado, mi ojo de omnívoro se percató de que había algo más, justo al lado:

Foto 1. Espino albar, blanco, o majuelo (Crataegus monogyna Jacq.), entremezclado con zarzas y sus frutos. Se pueden distinguir claramente las bayas del espino (majuelas), de color rojo y de una forma que recuerda a las manzanas, pero en miniatura.
Efectivamente, es un espino albar, y efectivamente, tenía frutos. Estos son redondos, más pequeños que las zarzamoras, y se ponen rojos al madurar. Sin embargo, no estaban aún buenos. El mes del año y el color rojo clarito, me indicaban que no estaban para comer (porque sí, se comen también). Así que se lo oculté a los lectores. Pero sólo por un tiempo.

He esperado a que avance la temporada para traerles nuevamente conmigo. ¡Esta vez, las bayas estarán para comer! Entre estos ansiados perfumes de tierra mojada (que se me antojan deliciosos con el año hidrológico que llevamos), y alguna que otra hormiga alada a la vista, podemos encontrar aquel ejemplar de espino y otros circundantes.
Un inciso: sí, muchas especies de hormigas eligen el otoño para la reproducción. Con las lluvias otoñales –esas que cada vez son menos-, se vuelven como locas y no paran de hacer agujeros.
Y entonces es cuando salen las hormigas aladas –machos y hembras- para formar nuevas colonias. Imagínese ser una recolectora paleolítica o un niño de la época: ¿desaprovecharía estas proteínas? ¿Pueden las aves y los murciélagos ponerse hasta arriba, pero no las personas? De ningún modo. Claro que pueden las personas. No estoy sugiriendo que vayan y
se las coman. No estamos en el Paleolítico. Pero las hormigas y termitas aladas son un alimento apreciado en numerosas culturas tradicionales, y mucho más por los insectívoros en migración. Y en nuestras latitudes templadas, todo depende de las lluvias otoñales. Ésas que ya van faltando. “Eso es que va a llover” –dice la gente del campo cuando ve hormigas aladas-.
¿Por qué lo dirán al revés? Seguro que cuando éramos recolectores, cazadores y pescadores, lo decíamos al derecho… Por lo que se ve, la vida agraria ya ha avanzado algún paso en la desconexión humana con el entorno (pero a años luz de la urbana, por supuesto).

Vamos a aprender a identificar un espino albar con seguridad:

Foto 2. Hojas y frutos del espino albar, blanco o majuelo. De cerca, son francamente difíciles de confundir. El color más oscuro de las bayas nos sugiere madurez.
Lo primero que les llamará la atención en otoño es el maravilloso contraste rojo-verde. Estos matorrales o arbolillos ramosos son también rosáceas, como las zarzas y los mismos rosales. Lo veremos más claro cuando admiremos sus flores en otros artículos. Como su nombre indica,
están armados con largas espinas, que son finitas, menos coriáceas y ganchudas que las de zarzas y rosas, pero menos visibles entre el follaje: ¡cuidado al meter la mano alegremente! Las hojas recuerdan un poco a las del perejil, y estas bayas (las majuelas), son lo que se conoce en
botánica como pomas. Sí, básicamente, lo mismo que una manzana. Pero en miniatura.
Pues bien, llega el momento absolutamente clave. Ahora mismo es cuando vamos a romper esa barrera, esa burbuja invisible que nos aísla del entorno, y nos vamos a relacionar con él. A ello: agarramos algunas, que no son tan blanditas como podría parecer, y van con decisión a la
boca. Mmh, no son muy dulces, la verdad. La carne es más escasa de lo esperado y tiene un toque harinoso, como las malas manzanas. Para colmo, tampoco son una bomba vitamínica.
Pero son beneficiosas, además de un regalo que está ahí para nosotros. Y para sus clientes, también.
Desde el punto de vista de la supervivencia, las majuelas compensan sus mediocres propiedades organolépticas con el número. Y la parte divertida es que nos hacen volar la imaginación para hacerlas más ricas y conservables. Su contenido en pectinas y trehalosa, además de tener efecto prebiótico, las hace muy aptas para gelificarlas, por ejemplo. Y si
esperamos a que estén algo pochas en la rama, estarán más dulces (pero con menos vitaminas). Sea como sea, siempre escupa el hueso. Éste puede liberar ácido cianhídrico con la digestión, lo mismo que las almendras amargas.
Hay muchas especies de espinos, y no todas tienen frutos comestibles. La familia de las ramnáceas cuenta con bastantes ejemplos. Si nos encontramos en zonas algo secas de España, podemos toparnos con aladiernos, arraclanes o incluso espinos negros:

Foto 3. Bayas de espino negro (Rhamnus lycioides L.), de comestibilidad más que relativa. Se trata de una familia de plantas usada desde tiempos inmemoriales como fuerte purgante.
Afortunadamente, se diferencian muy bien de los espinos blancos.
Al fijarnos bien, vemos que las hojas no tienen lóbulos como las del espino albar. Además, las bayas se vuelven negras al madurar, haciéndolas bastante diferentes. Mejor así. Estos arbustos y arbolillos contienen potentes compuestos, capaces de purgar de la manera más drástica, e incluso peligrosa. También en sus frutos. Y no se fíe del sentido del gusto porque esos frutos saben dulce. Pero si quiere probar una baya madura, no pasa nada.
Para el observador espabilado y conectado, no hay tanto que temer y mucho de bueno que percibir. No se entretiene con el espino negro, pero sí ante tan maravillosa y apetitosa belleza como es el saúco (Sambucus nigra L.):

Foto 4. Saúco (Sambucus nigra L.) con frutos creciendo a la sombra de una vieja pared de
piedra seca.
Del saúco se oye hablar, pero es un gran desconocido para el común de los turistas españoles.
Una lástima. Ahora están maduros los frutos. No son difíciles de distinguir: de todos los arbustos o arbolillos que hemos descubierto hasta ahora, es el que puede crecer más grande y tener las hojas más largas. Los racimos de frutos parecen casi de otro planeta… Colgando de largos pedículos rojizo-blanquecinos, las bayas son chicas, redonditas y negroamoratadas
(rojas cuando están verdes). ¿Las probamos? ¡Cómo tiñen los dedos! Eso es que están maduras; mejor desconfiar de las todavía rojas. Pues no están nada mal, no están nada mal…
Son sabrosas, con sus toques dulces y ácidos. En otoños secos, salen más menguaditas, pero allá donde haya humedad y sombra, crecerán bien turgentes y más dulces. Mejor las de menor altitud y mayor humedad. Además, son una fuente de vitamina C, y podrían tener propiedades
antivíricas. Genial para estas fechas otoñales. Sin embargo, no se ven tantas como las majuelas, y su abuso puede sentarnos mal (pero habría que comer muchas…). Como decían en la antigua Roma: “In medio estat virtus”, así que vamos comer unas cuantas y a dejarles su parte a los mirlos y las zorras.

Ya hablé el mes pasado de los riesgos de las plantas salvajes comestibles. Recuerden: pueden confundirse con plantas salvajes no comestibles. Incluso tóxicas. El caso particular del saúco es muy ilustrativo. Si este arbusto es poco conocido en nuestro país a nivel popular, su malvado
doble lo es menos. Ante nuestros siempre impresionables ojos, dispuestos a sorprenderse cada vez como si fuera la primera, aparece el yezgo o sauquillo (Sambucus ebulus L.):

Foto 5. Yezgo o sauquillo (Sambucus ebulus L.). Se trata de una planta parecida al saúco pero venenosa. Siempre tiene menor porte que el saúco.

Pues aquí lo tienen. Justo en hábitats parecidos, y con apariencia similar. Y es que el saúco y el yezgo pertenecen al mismo género. La diferencia está en que el fruto del segundo es bastante venenoso. También para muchos animales. Ahí es nada.
Tuvo en el pasado varios usos, pero rara vez fueron internos… Sea como sea, no son tan difíciles de distinguir si nos fijamos con ojo de cazador-recolector: siempre muestran un porte menor, de un solo tallo ramificado, tienen las hojas mucho más alargadas… y no huelen muy bien. Los frutos no cuelgan (a menos que se doble el tallo). Además, estos tienen un aspecto más tosco y abigarrado que los del saúco verdadero.
¿Qué tal ha ido la expedición culinaria? Hoy hemos vuelto a romper aquella barrera. A fuerza de hacerlo, al final nos desharemos de ella. Yo regreso a casa con el gusto despierto, la vista inflamada, los dedos manchados y paz en el estómago. ¿Ustedes también? Entonces, podrán
lograrlo con sus clientes.

Y no olviden salir al campo y renaturalizarse…

Existe una tensión entre la necesidad de conservar y la necesidad de vivir en primera persona eso que se necesita conservar. No se conserva lo que no se ama, y no se ama lo que no se conoce, pero para conocerlo de verdad, hay que vivirlo en primera persona… El equilibrio es difícil. Mientras tanto, confío inocentemente en que esta narración les ayudará
a acercarse al entorno natural, tanto si pueden disfrutar de los frutos silvestres como si no.

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