Un ‘tour’ por la frontera más caliente del mundo

Un ‘tour’ por la frontera más caliente del mundo

La zona desmilitarizada (DMZ) entre Corea del Norte y Corea del Sur atrae a los turistas.

A un soldado norcoreano le pica la cabeza. Este hombre flaco y largo hace guardia en la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur, una de las más vigiladas del mundo. A 80 metros, tres militares enemigos lo observan detrás de las casetas celestes en las que, de vez en cuando, las autoridades de los dos países se reúnen para negociar.

Este militar sirve a la República Popular Democrática de Corea, que en la prensa anglosajona aparece como “el reino ermitaño”, el país más cerrado del mundo. Esta Corea, la del Norte, está gobernada por un joven barrigón que viste trajes oscuros y está embarcado en una carrera nuclear de consecuencias difíciles de calcular. Se llama Kim Jong-un y es el tercero de los Kim que mandan en el país: primero fue su abuelo, Kim Il-sung, y luego su padre, Kim Jong-il.

Por lo poco que sabemos de su ejército, todos los hombres y mujeres deben servir durante al menos diez años. Ser militar es un orgullo que trae privilegios sociales. En este puesto de frontera, a 215 kilómetros de Pionyang, la capital, el soldado toma una decisión: en medio de la guerra de miradas, se rasca la cabeza.

La escena también es vista por un grupo de visitantes occidentales. Es todo lo que veremos de un soldado norcoreano en los 15 minutos que dura la excursión.

La frontera entre las dos Coreas, que corre sobre el paralelo 38 a lo largo de 238 kilómetros, se transformó en uno de los sitios favoritos de los turistas que llegan a Seúl: es el último rincón del mundo en el que sobrevive la Guerra Fría. Sobre esta frontera se extiende la zona desmilitarizada (DMZ), un segmento en el que no debe haber enfrentamientos aunque esté repleto de minas, alambres de púas, rifles y puestos de vigilancia.

Reunificada Alemania, solo Corea permanece dividida entre capitalistas y comunistas, y cada año alrededor de 100.000 extranjeros pagan un ‘tour’ de entre 45 y 130 dólares que los trae hasta Panmunjeom.

La guerra de Corea, que duró tres años e involucró a EE. UU. y a China (y a Colombia), aún no termina: en 1953 se acordó un cese del fuego, pero no la paz. Los jefes de los dos ejércitos se reunieron aquí mismo. Firmaron los documentos y se retiraron sin darse la mano.

El bus turístico sale de la capital y avanza por una autopista que bordea el río Imjin. Al otro lado se extiende la costa de Corea del Norte. El río está vigilado: en 1968, un comando de 31 soldados norcoreanos lo cruzó para asesinar al presidente Park Chung-hee, el hombre que durante 17 años dirigió el despegue económico de Corea del Sur. La operación falló. “Esta es la distancia más pequeña entre las dos Coreas”, dice Ha-neul, la guía, que viste una camiseta con la leyenda ‘DMZ’ y un sombrero de mimbre.

“Solo se puede llegar en un ‘tour’. Unos ofrecen visitar los túneles que Corea del Norte excavó para invadir Seúl; o el observatorio Dora, desde el que se puede ver la vida cotidiana de los comunistas”.

A Panmunjeom solo se puede llegar en un ‘tour’. Hay muchos: unos ofrecen visitar los túneles que Corea del Norte excavó para invadir Seúl; o el observatorio Dora, desde el que se puede ver la vida cotidiana de los comunistas. El nuestro comenzó a las 9. El bus esperaba en un hotel cercano al Parlamento surcoreano y rodeado de restaurantes de comida rápida. Por debajo de la tierra corre una red de metro con 328 estaciones.

A 56 kilómetros comienza Corea del Norte, y ahí todo es diferente. Según un estudio de la Universidad Corea, de Seúl, la inequidad entre las Coreas es cuatro veces más grande que la que separó a las dos Alemanias. Es famosa la foto satelital nocturna que muestra al Norte a oscuras: cuando la URSS desapareció, Pionyang perdió acceso al petróleo barato.

A Ha-neul, nuestra guía, este trayecto la toca de un modo personal. A los 18 años, su padre escapó del Norte y se refugió en Busan, en el sur de la península. La madre de él había visto cómo un joven vecino era asesinado por no sumarse al ejército norcoreano.

Ahora es casi imposible pasar por la DMZ. En los últimos años solo se registraron cuatro casos (2012, 2015 y dos a fines del 2017), todos soldados que salieron corriendo, entre minas, alambradas y balas, al estilo del alemán Conrad Schumann, cuya carrera hacia Alemania Occidental (1961) se convirtió en un ícono.

La mayoría de los norcoreanos que escapan –unos 1.000 al año– eligen la frontera norte, que no está sembrada de minas porque del otro lado hay un país amigo: China.Según cálculos no oficiales, en ese país viven unos 200.000 norcoreanos clandestinos. La ruta usual, que les puede llevar años, es llegar a Tailandia o Laos para pedir asilo en la embajada de Corea del Sur.

En Seúl conocí a dos refugiados que llegaron del Norte. “Allá, todos están controlados hasta en lo más privado”, cuenta un hombre llamado Ken Eom. “La Agencia de Seguridad Nacional, la Policía, el Partido de los Trabajadores y todo tipo de organizaciones vigilan. Los vecinos se espían entre sí. Cualquiera puede ser delatado”, remata.

La otra desertora, Hyeonseo Lee, tiene 37 años y escribió ‘La chica de los siete nombres’ (memorias que se convirtieron en ‘best seller’). “En la escuela aprendí que Corea del Norte era el mejor país del mundo y, como vivía cerca de la frontera con China, quise comprobarlo. No pensé que jamás iba a poder volver”, cuenta. En Corea del Norte, todo desvío puede ser considerado una traición y el castigo puede llegar a afectar no solo al acusado, sino a tres generaciones de su familia. Escapar del país es un delito grave.

El padre de nuestra guía nunca volvió a ver a su familia. Y ella jamás ha hablado con sus parientes del Norte. Aquí, su historia no es extraña: 66.000 personas están inscritas en un programa gubernamental para reunirse con familiares del Norte. La guerra dividió hogares y dejó millones de muertos: 620.000 soldados surcoreanos, 160.000 de las fuerzas conjuntas (colombianos incluidos), 930.000 norcoreanos, un millón de chinos y 2,5 millones de civiles.

 En los tramos finales de la ruta a Panmunjeom hay una serie de puentes y pilotes llenos de explosivos. En caso de una invasión de tanques norcoreanos, estos se detonarán y les cerrarán el paso.

Pero cuando el bus entra a Panmunjeom, todo luce tranquilo. La base tiene jardines con flores, y cuando un helicóptero aterriza las sacude. También hay un pueblo dentro de la base: Freedom Village. Los 200 agricultores que viven ahí ganan 10.000 dólares mensuales y cosechan el mejor arroz de la región, pero están bajo toque de queda.

Del lado opuesto hay otra pequeña ciudad, a la que los soldados del Sur llaman Propaganda Village porque se cree que fue construida para mostrar una vida comunista utópica. Además de los dos pueblos, el Norte y el Sur compiten con sus banderas: el mástil en el que flamea la de Corea del Sur tiene 100 metros de alto, el del Norte llega a los 160.

“Del lado opuesto hay otra pequeña ciudad, a la que los soldados del Sur llaman Propaganda Village porque se cree que fue construida para mostrar una vida comunista utópica”.

La primera parada dentro de Panmunjeom es un anfiteatro en el que habla un soldado de las fuerzas conjuntas de la ONU, muy joven, que lleva un brazalete de M. P. (‘Military Police’) y una pistola. Se presenta como Smith. Las luces se apagan y la pantalla se enciende. El estadounidense inicia una exposición sobre la guerra de Corea y la frontera, que termina de esta manera: “Así es que estamos aquí, listos para repeler cualquier agresión de nuestros enemigos. ‘In front of them all!’. Esta frase (algo así como ‘enfrente de todos ellos’) es el lema del Área de Seguridad Conjunta (JSA), nodo central de esta frontera.

Al salir del teatro, nos cambiamos a un bus de la ONU. Luego de un recorrido breve, Smith nos ordena formar antes de subir unas escaleras que nos conducen a la Freedom House, el último edificio de Corea del Sur antes de las casetas celestes en las que los tres soldados surcoreanos montan guardia frente al norcoreano al que le pica la cabeza.

Esta Panmunjeom es más tranquila. De hecho, podemos entrar a una de las casetas celestes que están entre los edificios administrativos de Corea del Sur y Corea del Norte. Son casetas neutrales, donde los funcionarios de ambos países se han juntado a lo largo de los últimos 64 años a negociar cosas tan pequeñas como el cese de la agresión auditiva desde altavoces, o tan grandes como una posible reunificación.

La línea de la frontera pasa imaginariamente por el medio de la caseta celeste, donde hay una mesa con una bandera de las Naciones Unidas, y los turistas repetimos, uno detrás de otro, la experiencia de ir al lado norcoreano del sitio. Técnicamente, hemos estado en Corea del Norte y hemos vuelto para contarlo.

Dos soldados surcoreanos vigilan todo detrás de sus lentes oscuros, inmóviles. Del lado Norte también hay una puerta: si se abre y entran los enemigos del soldado Smith, el consejo es no retroceder. Si nos sacan fotos (con el posible fin de usarlas como propaganda política), nosotros podemos tomarles fotos a ellos.

Pero Smith nos deja claro que nunca hay que abrir esa puerta y salir hacia el Norte. Si lo haces, él ya no podrá cuidarte. Por eso, todos los visitantes firman un documento de cesión de responsabilidad. Estar en la frontera de dos países en guerra implica un riesgo y la ONU no se hará responsable. 

Smith lleva cinco meses en Panmunjeom y aprobó siete exámenes para venir. Nos lo cuenta en el negocio de venta de recuerdos (donde hay vino norcoreano y chocolate surcoreano, imanes para la nevera, camisetas con la inscripción DMZ y gorras que dicen ‘In front of them all’). Los visitantes ya hemos perdido la emoción. Estuvimos en Corea del Norte, técnicamente. Los más afortunados volveremos con una idea más genuina y desconsolada sobre la división fratricida que sufren los coreanos. Los menos, solo con algunas fotos en los celulares.

La batalla del álamo

El abuelo de Kim Jong-un, Kim Il-sung (que fundó la República Popular Democrática de Corea), plantó un árbol en la base de Panmunjeom: un álamo que, después de la guerra, florecía en verano.

El 18 de agosto de 1976, cinco surcoreanos recibieron la orden de talarlo: su copa, a 25 m de altura, impedía la visión de los guardias.

Una escolta de la ONU, compuesta por 11 soldados, marchó junto con los jardineros. Cuando comenzó la poda, llegó una patrulla norcoreana. “El árbol no puede ser talado. Lo plantó Kim Il-sung”, dijo el teniente mayor Pak Chul.

El capitán Arthur Bonifas, de EE. UU., no le hizo caso. Desde el Norte apareció un camión con más soldados. Pak ordenó de nuevo el fin de la poda, pero Bonifas no contestó. El teniente mayor se quitó su reloj, lo guardó y luego gritó: “¡Maten a esos bastardos!”.

Sus soldados les quitaron las hachas a los jardineros y corrieron detrás de Bonifas. En menos de cinco minutos, él y un soldado yacían muertos.

Desde entonces, la base tiene un sector para los norcoreanos y otro para los surcoreanos. En EE. UU., el presidente Ford descartó un ataque con misiles, pero decidió talar el álamo. Armó un convoy de 23 vehículos. A agrónomos con motosierras se sumaron dos pelotones de 30 hombres de las fuerzas de la ONU y 64 de las fuerzas especiales surcoreanas (algunos con una mina atada al pecho).

Por las dudas, 12.000 soldados fueron trasladados a Corea. En tres bases había bombarderos listos para despegar, y un portaaviones esperaba en la costa. Sobre Panmunjeom volaban 20 helicópteros utilitarios y 7 de ataque, y un B-52 escoltado por cazas. Corea del Norte, tomada por sorpresa, no lo pudo impedir: el álamo de Kim Il-sung había sido talado.

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